Cuando nos preguntan si somos altruistas o si estamos dispuestos a ayudar a los demás, la respuesta general que nos gusta dar a todos es “por supuesto”, más aun en estas fechas con la Navidad a la vuelta de la esquina. Pero la psicología social ha analizado las conductas de ayuda que podemos dar o no en nuestro día a día y parece que no somos tan altruistas como nos gusta creer.

Eso no significa que seamos todos unos mentirosos o intentemos vender una imagen nuestra más bonita a la real (que a veces, también). Simplemente puede que cuando nos pregunten, pensemos en situaciones de extrema emergencia en la  que ayudar a una persona no nos suponga ningún coste de ningún tipo.

Sin duda, hay situaciones en las que tenemos claro que prestaríamos nuestra ayuda, y puede que también tengamos claro otras situaciones de emergencia en las que no prestaríamos nuestra ayuda. Y aunque el ayudar o no pensemos que va a depender simplemente de si somos altruistas y empáticos o no, lo cierto es que son muchos los factores que intervienen en estas situaciones. Entonces, ¿de qué depende el que ayudemos o no a otras personas en situaciones de emergencia?

1. ¿Ocurre algo?

Aunque parezca obvio, lo primero que tiene que pasar para que prestemos nuestra ayuda en una situación de emergencia, es darnos cuenta de que cerca de nosotros se está produciendo una situación de emergencia.

Creemos que nos enteramos de todo lo que pasa a nuestro alrededor, pero algo tan simple como ir con prisa a algún sitio, puede hacer que dejemos de prestar atención a nuestro ambiente y activemos nuestra visión en túnel, para ir directos a nuestro destino, impidiendo que cualquier cosa nos distraiga. Así que el primer paso, siempre va a ser que una situación capte nuestra atención.

2. ¿La situación es de emergencia?

Una vez que nos percatamos de que hay algo que ocurre a nuestro alrededor, debemos analizar si eso que está sucediendo es o no una emergencia. Porque son muchas las situaciones ambiguas a las que nos exponemos cada día, y en ocasiones no resulta claro saber qué es lo que está ocurriendo y por qué está ocurriendo.

Ante una situación ambigua, además, se produce algo que en psicología llamamos ignorancia pluralista. Este fenómeno explica el que inhibamos una idea o una conducta, porque pensamos que las demás personas no la comparten. Es decir, podemos dejar de pensar que una persona necesita ayuda si vemos que otras personas que la están viendo no le prestan ayuda, pensando que nadie cree que la persona en esa situación necesite que la socorran. Y si nadie piensa que necesite ayuda, a lo mejor es que realmente no la necesita. ¿O sí?

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3. ¿Yo tengo algo de responsabilidad?

Una vez que sabemos que nos encontramos en una situación de emergencia, llega uno de los momentos que más nos gusta analizar a los psicólogos, el de las atribuciones que las personas hacemos sobre las situaciones. Y es que, estarás de acuerdo conmigo en que no es lo mismo pensar que alguien ha sufrido algún tipo de accidente por habérselo buscado, que el que nosotros hayamos tenido parte de culpa o que, simplemente, alguien inocente se haya visto en el momento y lugar menos oportuno.

Aunque no sepamos nada de lo ocurrido, nuestra cabeza empezará a trabajar para llegar a todas las conclusiones que pueda y, sin duda, todas ellas van a condicionar el que continuemos o no el camino hacia la ayuda.

Además de la influencia de todas estas atribuciones, en este momento entrará también en juego el fenómeno de la difusión de responsabilidad. Un fenómeno psicológico que se produce siempre en este tipo de situaciones y que explica por qué cuando te caes en una calle abarrotada de gente, todos se quedan mirando sin reaccionar, pero si te ocurre solo en presencia de dos o tres personas, las tres corren a socorrerte.

Y es que en las situaciones sociales, la responsabilidad sobre lo que ocurre se distribuye entre todos los espectadores. Imagínate que estás paseando por la Gran Vía de Madrid y ves a una persona en el suelo. Cientos de personas pasan por el mismo lugar y miran a esa persona. Observas que no hay nadie que reaccione. Puede que vayas a ayudarle o puede que no, pero desde luego te sentirás menos responsable de ayudarle que si eso mismo pasase en presencia de tan solo tres o cuatro personas.

4. ¿Tengo capacidad para ayudarle?

Una vez hechas las atribuciones sobre el receptor de la ayuda y la situación, y sobre la responsabilidad que tenemos sobre ellos, llega el momento de observarnos a nosotros mismos y ver podemos hacer algo por esa persona. ¿Tenemos conocimientos para poder ayudarle? A lo mejor es alguien que se ha caído a un río y no sabemos nadar, o alguien se ha desmayado y no sabemos cómo tratar esos casos.

Además de nuestros conocimientos, también juega un papel importante la ansiedad a la evaluación. Porque si ayudamos a una persona en presencia de otras, vamos a pensar que el resto de gente estará evaluándonos, juzgando si lo hacemos bien o mal, si estamos mejorando o empeorando la situación de la persona que necesita la ayuda.

5. ¿Ayudo?

Llegamos al último paso antes de prestar nuestra ayuda en una situación de emergencia. Porque aunque sepamos que ocurre algo, que se trata de una emergencia, que tenemos parte de responsabilidad en prestar ayuda, que tenemos conocimientos para hacerlo y no nos importa que los demás nos evalúen en ese momento, aún cabe la posibilidad de que nos decidamos por no ayudar.

Aunque no sea algo bonito de decir, en este momento hacemos un balance de los costes y recompensas de prestar nuestra ayuda. El que ayudemos o no va a depender de los costes que supongan el prestar nuestra ayuda, y los costes de no prestar nuestra ayuda. Con lo que tendremos cuatro escenarios posibles:

  • Costes por ayudar altos y costes por no ayudar altos. Si nos va a costar mucho ayudar, pero también va a ser grave que no ayudemos, podemos ayudar de manera indirecta, llamando al 112, a personas que creamos que pueden ayudar. O haremos una reinterpretación de la situación, para autoconvencernos de que la situación no es tan grave como habíamos pensado en un principio.
  • Costes por ayudar altos y costes por no ayudar, bajos. Si nos cuesta mucho ayudar, y el no ayudar tampoco va a suponer ningún perjuicio para la persona, abandonaremos la situación sin prestar nuestra ayuda.
  • Costes por ayudar bajos y costes por no ayudar altos. En esta situación prestaremos nuestra ayuda sin dudarlo y nos implicaremos con la persona que necesita ayuda.
  • Costes por ayudar bajos y costes por no ayudar, bajos. Si ambas posibilidades tienen costes muy bajos, el que ayudemos o no va a depender de muchos otros factores como la relación que tengamos con el receptor (si lo percibimos como un igual o no), nuestras características personales (fatiga, estado de ánimo…), las normas sociales que imperen en ese momento…

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Así que sabiendo todo esto, cuando te encuentres en una situación, logrando superar el primer paso, piensa en el resto de pasos que tu cabeza ha seguido de forma automática para decidir que no vas a prestar ayuda, y ten en cuenta qué paso te ha hecho decidirte por el no. Puede que hayas caído en alguno de los engaños de tu mente y que esa persona realmente necesite tu ayuda.