El buque de Open Arms, el Aquarius, el cierre de los puertos a inmigrantes en Italia y Malta, las llegadas de inmigrantes al puerto de Algeciras… Sin duda la inmigración es un tema de actualidad que da lugar a muchos debates en esta temporada de verano y las personas migrantes, debido a las duras situaciones vitales a las que pueden enfrentarse, necesitan de una atención psicológica específica para los trastornos que pueden sufrir.

El debate sobre la inmigración se ha vuelto a abrir recientemente debido a que el buque español Open Arms lleva cinco días a la deriva, sin que ningún país del Mediterráneo haya facilitado el desembarco de las más de 100 personas que tiene a bordo. Mientras que unos piensan que salvar a todas aquellas personas que se embarcaron arriesgando su vida es “colaborar con las mafias”, hay otras personas que piensan que el respeto y la defensa de los derechos humanos debe ser siempre el punto de partida y que deben respetarse los convenios internacionales de salvamento marítimo.

Las personas que se enfrentan a procesos migratorios pueden tener un mayor riesgo de padecer un trastorno psicológico, debido al gran estrés que supone el abandonar tu hogar, tu familia, llegar a un sitio donde posiblemente no conoces a nadie, no compartes idioma…  Toda esta situación puede contribuir a desencadenar trastornos de ansiedad, del estado de ánimo o del comportamiento.

No queremos decir con esto que las migraciones sean causantes de trastornos mentales, sino que queremos que se entienda que estas situaciones en las que las personas se pueden encontrar con grandes obstáculos sociales y culturales, pueden suponer una gran fuente de estrés, el cual podría llevar a desarrollar un trastorno mental.

Pero más allá de estos trastornos que pueden desarrollar, y a los que cualquier persona somos susceptibles de sufrir, existen dos problemas que afectan especialmente a las personas migrantes: el Síndrome de Ulises y el duelo migratorio.

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DUELO MIGRATORIO

Aunque el concepto de duelo solemos asociarlo más comúnmente al proceso emocional de adaptación que sufrimos ante la pérdida de un ser querido, hay otras situaciones en las que el duelo puede darse. Y es que con duelo, nos referimos precisamente a eso, al proceso de adaptación que sigue a una pérdida. Esta pérdida puede ir desde la muerte de alguien, a la pérdida de un trabajo, una ruptura sentimental, o un hogar.

En el caso del duelo migratorio no hay una pérdida total como en los casos nombrados anteriormente, ya que el país de origen va a seguir existiendo, por lo que se considera una pérdida parcial. Esta es solo una de las características que lo diferencian de otros tipos de duelo.

El duelo migratorio es múltiple. Se distinguen hasta siete clases de duelo migratorio en función del ámbito de la pérdida con el que más se relacione: familia, lengua, cultura, tierra, estatus social, grupo de pertenencia y riesgos físicos.

Queda claro, por tanto, que este duelo es un problema muy heterogéneo, y además de diferenciarse en tipos, también podemos diferenciar diferentes tipos de gravedad. Esta gravedad irá desde un duelo simple, si la migración se ha podido hacer en buenas condiciones (y por tanto su recuperación será más o menos rápida), hasta un duelo extremo, en el que la adaptación sea prácticamente imposible debido a las duras condiciones en las que se hizo la migración.

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SÍNDROME DE ULISES

En La Odisea de Homero, fuimos testigos de la historia de Ulises, un héroe que tras 10 años de guerra, se vio condenado por el dios Poseidón a navegar años y años sin rumbo, enfrentándose a multitud de dificultades. Ulises era incapaz de ver el final de la situación, pero sabía que merecía la pena luchar contra todas las adversidades para así poder reencontrarse con su amada Penélope.

Esta historia nos recuerda a la que sufren muchos emigrantes, que se enfrentan a un obstáculo tras otro y siempre mantienen la esperanza de volver a encontrarse con sus seres queridos. Estos niveles de estrés tan intensos a los que se ven sometidos ha llevado a describir el Síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple o Síndrome de Ulises.

Sin embargo, este síndrome no está recogido como trastorno mental en los principales manuales diagnósticos de los trastornos mentales, lo que puede suponer un problema a la hora de decidir cómo debe ser tratado.

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Como decíamos, el estrés que sufren las personas con el Síndrome de Ulises es crónico y es múltiple, es decir, es duradero en el tiempo y además de debe a muchos factores: el haberse separado de los seres queridos, la falta de oportunidades, su lucha por sobrevivir, miedo por los viajes que realizan, amenazas de las mafias, la carencia de derechos, desesperanza y tristeza por haber fracasado o por no haber conseguido realizar el proyecto con el que partieron de su país, detenciones y expulsiones…

Todos los factores que producen este síndrome, van más allá del estrés del que hablábamos al principio de la entrada, producido por la aculturación (no comparten costumbres, la lengua, las creencias…). A todo esto se le suma la falta de apoyo social que sufren en el proceso (no tienen el apoyo de sus seres queridos porque siguen en su país de origen y pueden sufrir los prejuicios y discriminación en los países a los que llegan).

Puede que no sea un problema muy sonado, pero lo cierto es que aproximadamente el 15% de las personas inmigrantes que acuden a los servicios de Salud Mental, presentan el Síndrome de Ulises.

Es un síndrome que, además, puede manifestarse de múltiples formas, ya que puede mostrarse con síntomas de depresión (como la tristeza y la desesperanza), de ansiedad (ataques de pánico, palpitaciones…), somatización (como dolores en diferentes partes del cuerpo), problemas de memoria y atención, desorientación…

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Y ante este problema, ¿qué podemos hacer? Ya hemos visto que el Síndrome de Ulises no se considera un trastorno mental, sino un cuadro de estrés. Por tanto, las medidas a adoptar no serán clínicas e irán dirigidas a la prevención, desde un ámbito psicosocial, para intentar evitar la aparición del problema, detectarlo lo más tempranamente posible o, en último caso, disminuir las consecuencias del cuadro de estrés.

Para ello, está en nuestras manos intentar comprender la realidad que viven estas personas y librarnos de los prejuicios que constantemente se escuchan sobre los inmigrantes. Solo así podremos adaptarnos a cada una de las personas que sufren esta situación y, de esta manera, hacer frente al problema.