¿Sueñan los androides… (III)

Esta vez no hace falta que imagines nada, basta con que observes lo que tienes frente a ti. Un móvil, una tablet, un ordenador. Benditos artilugios. Los usamos a diario con una solvencia digna de admiración a pesar de que son muy pocos los que podrían explicarnos cómo funcionan realmente. Efectivamente, no es lo mismo saber usar un ordenador que ser capaz de fabricar uno y, sencillamente, lo segundo no es necesario para lo primero. Algo parecido ocurre con (¡sorpresa!) la mente. Para usarla no hace falta saber… ¿construir una?

Sí, ya lo sé. El sentido común nos dirá que sólo existe una tradicional y placentera forma de construir otra mente: tener un hijo. ¿Pero y si os dijera que nuestro cerebro no es otra cosa que un ordenador y la mente un programa?

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Ciertamente, a la mayoría de nosotros esta afirmación no nos resulta extravagante. Igual que en el ejemplo del fantasma, podemos acudir a una ingente cantidad de representaciones de esta forma de concebir la mente en la literatura y cine de ciencia ficción. En ellas vemos como este particular programa puede pasar de un cuerpo a otro (Altered Carbon), puede reprogramarse para atrapar al sujeto en una simulación (The Matrix), o cargarse directamente en un servidor e incluso subirse a la nube (Trascendence). Pero esto solo es ciencia ficción… ¿o no? Atentas, que vienen curvas.

Partamos de la base de que no es posible “observar” los estados mentales en sí mismos. Si abres mi cráneo verás mi cerebro y si lo conectas a un monitor, las partes de él que estoy utilizando. Sin embargo, no hay forma de que “veas” mis pensamientos, que oigas mi voz interna dictándome esta frase mientras la escribo o que sientas el dolor de cabeza que empieza a subirme desde la cuenca del ojo. Estos son fenómenos subjetivos y privados, así que no pueden ser objeto de la ciencia tal y como la conocemos.

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Pero hay una forma de que sepas que estoy experimentando tales pensamientos y sensaciones. Lees la línea que yo he escrito expresando ese pensamiento y puedes deducir que siento dolor si me ves tomar un analgésico o si expreso alguna clase de queja al respecto. Es decir, puedes atribuirme determinados estados mentales en base a lo que observas en mi conducta, y esta sí que puede ser objeto de observación científica.

Por estas razones, y por otras consideraciones relativas a la filosofía del lenguaje, el conductismo lógico, el primo filosófico del conductismo en psicología, reduce los estados mentales a pautas de la conducta y disposiciones para actuar de una determinada forma. Son sólo eso y nada más. Mi creencia en la veracidad de la teoría de la gravedad me dispone a actuar de tal modo que no saltaré por mi balcón, pues sé que caeré. Pero algo falla. Si te pido que imagines un elefante rosa se formará una imagen en tu cabeza que, si bien es un estado mental, difícilmente puedes ser considerada como una pauta de conducta o una disposición para actuar de una forma determinada. Entonces, si los estados mentales no son pautas conductuales, ¿qué pueden ser?

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Muy fácil, responden los partidarios de la teoría de la identidad, son estados cerebrales. Mente y cerebro son exactamente lo mismo, son idénticos. Pero aquí hay otro problema. Y es que dado un estado mental (el elefante rosa), el estado cerebral con el que se identifica (la excitación de un grupo de neuronas x) ha de ser siempre el mismo, cosa que podría no suceder. La imagen mental del elefante rosa podría venir acompañada de estados cerebrales distintos en distintos momentos del tiempo por lo que la identificación total de estados mentales y cerebrales no parece posible. Al menos no en un sentido estricto.

Y así llegamos al funcionalismo, que surge como respuesta para superar los problemas tanto del conductismo lógico como de la teoría de la identidad.

El funcionalismo describe los estados mentales como estados funcionales. ¿Qué quiere decir esto? Que describe los estados en virtud de su aptitud para llevar a cabo una función. Ser un reloj, por ejemplo, es un estado funcional, pues depende de la capacidad de un objeto para marcar la hora con exactitud. Así pues, cualquier objeto que cumpla esta función, independientemente del material que esté hecho (si es de aluminio o de madera), la forma que tenga (si es redondo o cuadrado) o su mecánica interna (si es digital o analógico), será un reloj.

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Lo mismo ocurre con los estados mentales, que lo son en función de si son aptos para, dados ciertos estímulos, producir unas determinadas respuestas.

Este enfoque tiene una ventaja clara frente al conductismo lógico ya que, si bien traza una unión muy fina entre estados mentales y conducta (pues los primeros causan la segunda), también admite que los estados mentales interactúen entre sí sin generar una respuesta conductual observable (como en el caso de la imagen mental del elefante rosa). También tiene una ventaja clara sobre la teoría de la identidad, pues no depende de un estado cerebral determinado para que los estamos mentales se den.

El computacionalismo es una variante del funcionalismo que surge en los años 60 del siglo pasado y que describe la mente de forma análoga a una computadora digital, como la que tienes delante ahora mismo (sea en forma de móvil, tableta o un ordenador en el sentido tradicional).

3D Rendering Of Human  Brain On Programming Language Background

Y cuando los computacionalistas dicen que la mente procesa la información como un programa de ordenador lo dicen en un sentido casi literal, pues un programa de ordenador no es otra cosa que un conjunto de reglas que, dado un determinado estímulo producen una determinada respuesta. Por ejemplo, el editor de texto que utilizo está configurado en base a unas normas que dado el estímulo “pulsar la tecla ‘d’ del teclado” produce una respuesta tal que “el carácter ‘d’ aparece en la pantalla”. Lo mismo ocurriría con la mente. El cuerpo tiene una serie de entradas (como los sentidos) a través de las cuales recibe una información que procesa a través de un programa (la mente) que emite una serie de respuestas.

Y llegados a este punto, las escenas que plantea la ciencia ficción ya no parecen tan ficcionales. Y es que este enfoque abre posibilidades más que interesantes. Si los estados mentales no necesitan de un estado cerebral determinado, tal y como plantea el funcionalismo, ¿qué nos impide crear un cerebro artificial con mente? O dicho de otro modo, ¿qué nos impide crear máquinas que piensen? Bastaría con construir una que tuviera una organización funcional cercana a la del ser humano.

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Y es que para muchos la analogía del computacionalismo de la mente-computadora es más que una metáfora, como atestigua la existencia de la investigación en Inteligencia Artificial. Y hay quien afirma que ya convivimos con máquinas pensantes. Sin embargo, esto es muy controvertido y toca temas complejos que se tratarán un poquito más adelante, en la segunda parte de este artículo.

2 comentarios sobre “¿Sueñan los androides… (III)

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  1. Un tema apasionante, el de intentar desentrañar los secretos que encierra un órganos tan lleno de enigmas como el cerebro. Y el enfoque computacional se acercar bastante a poder hacerlo, al menos en parte. Falta mencionar el papel que juegan las emociones, al que las máquinas son ajenas. Espero que en la próxima entrada se mencione el asunto. Muy interesante; gracias.

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    1. Muchísimas gracias. Me alegro muchísimo de que el artículo te haya resultado de interés. Y has pinchado a los computacionalistas donde les duele, justamente. En el próximo artículo pensaba desgranar un poco las deficiencias de este enfoque.

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