El fantasma en la máquina (II)

Imagina, por un instante, que eres un fantasma. Sí, el típico fantasma. Invisible o razonablemente traslúcido, cubierto por una sábana, que atraviesa paredes y que produce un sonido de cadenas al desplazarse. ¿Lo tienes? Bien. ¿Ves esa taza que hay encima de la mesa? Intenta levantarla. ¿Puedes? Seguramente no. Lo más probable es que la imagen que se ha formado en tu mente sea la de tus dedos atravesando la porcelana, incapaces de interactuar con ella de otro modo.

Asumo que esto es así dado que es la representación más recurrente que se hace de los fantasmas tanto en la literatura como en el cine. Los fantasmas, seres inmateriales, a menudo están en otro “plano” de la realidad, reservándose sólo a los más poderosos la capacidad de interferir con el mundo de los mortales.

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Pero no abandones tu fantasmagórica forma todavía e intenta recordar. ¿Qué eras antes de ser un fantasma? Una persona, me dirás. La típica persona de carne y hueso cuyo cuerpo está sometido a las leyes de la física y la biología y, a la postre, destinado a morir. Y es en ese momento en el que tu espíritu, tu conciencia, se separa de tu cuerpo y una acción tan sencilla como levantar la taza se torna imposible para toda la eternidad. ¿Pero acaso no lo ha sido siempre? ¿Acaso el cuerpo no es un objeto material? ¿Cómo es posible que no pueda levantar una taza siendo un fantasma pero sin embargo mi espíritu pueda interactuar con mi cuerpo? O dicho ya sin ningún tipo de fantasía: ¿cómo es posible que la mente interactúe con el cuerpo?

Puedo imaginarme la sonrisa sarcástica de algunos al leer la comparativa de la mente con algo así como un fantasma o un espíritu que habita el cuerpo (¡Esto es un blog de psicología! ¡Que me devuelvan mi dinero!). Pero, sin embargo, nadie podrá negar la facilidad con la que nos representamos las imágenes que he propuesto. Lo fácil que nos resulta imaginar una realidad dividida en dos planos, uno físico y uno espiritual. No nos parece una idea extravagante porque siempre nos ha acompañado.

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La tradición judeocristiana habla de un alma inmortal que sobrevive al cuerpo, un alma que constituye nuestra esencia. En filosofía esta idea llamada dualismo tampoco es nueva y se encuentra en el origen de una de las discusiones más relevantes de la filosofía de la mente. Hablamos del dualismo cartesiano, al que algunos autores como Gilbert Ryle se referirán, precisamente, como “el dogma del fantasma en la máquina”.

Descartes defiende que estamos formados por dos tipos diferentes de sustancia. Por un lado está el cuerpo, la materia, aquello cuya cualidad esencial es la extensión, es decir, ocupar un espacio. Por otro lado, encontraríamos la sustancia pensante, aquello que nos conforma y cuya esencia es el pensamiento, la conciencia. Hoy lo llamaríamos mente. Estos dos tipos de sustancias tienen propiedades diferentes e incluso antagónicas, lo que nos llevaría al problema que hemos señalado en nuestro viaje imaginario a ultratumba. ¿Cómo puede el fantasma mover la máquina?

Este problema afecta también al dogma judeocristiano del alma, que todavía ejerce una fuerte influencia en el pensamiento de Descartes, pero no se disuelve aunque no concibamos la mente como una sustancia conectada aunque ajena y diferente al cuerpo.

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Imaginemos que cuerpo (cerebro) y mente son una misma cosa pero con propiedades diferentes (propiedades físicas y propiedades mentales, respectivamente). Son dos caras de una moneda, con diferentes dibujos y colores. Esto se conoce como dualismo de propiedades y es un intento de superar los problemas que provoca un dualismo más fuerte y lo cierto es que salva algunos de ellos que no hemos señalado aquí (como el problema de la identidad), pues su desarrollo bien merecería un artículo entero.

Esta concepción, además, está más en consonancia con el naturalismo (el intento de explicar la naturaleza a partir de elementos observables en la propia naturaleza) puesto que no alude a entidades más allá del cuerpo (el alma, el espíritu) y da cuenta de una realidad científicamente testada: la estrecha relación entre mente y cerebro. Prueba de ello es el hecho de que daños estructurales en el cerebro parecen afectar a la personalidad y que alteraciones químicas pueden producir alteraciones en el estado de conciencia.

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Sin embargo, el problema de cómo interactúan entre sí las dos caras de la moneda persiste. Cuesta mucho imaginar el modo en que algo intangible, como nuestro pensamiento, puede originar algún tipo de efecto en el mundo físico. ¿Cómo puede el deseo de levantar el brazo provocar que, efectivamente, mi brazo se levante? Esto es especialmente peliagudo si se toma en cuenta la presuposición, necesaria para el funcionamiento de la ciencia tal y como la conocemos, de que el mundo físico está causalmente cerrado, es decir, que nada no físico, como sería la mente, puede ser causa de un efecto en él.

¿Cómo salir de este atolladero? Podríamos renunciar a cualquier tipo de dualismo y apostar por el materialismo eliminativo. Como antes, sólo existe la materia pero ahora sólo tiene propiedades físicas. La mente es un epifenómeno, es decir una característica que acompaña al cerebro, pero que ni es esencial para él ni interfiere en su funcionamiento. Ya no somos un fantasma en una máquina, ni una cara de una moneda, sino un espectador en una sala de teatro viendo una función sobre la que no tenemos control alguno. Las formulaciones más radicales de este enfoque afirman que la ciencia acabará por demostrar que la conciencia no es más que una ilusión, como demostró que el sol no se pone, sino que La Tierra rota.

Sin embargo, una de las principales objeciones al eliminativismo la formuló el propio Descartes: nuestra mente, nuestra conciencia se nos presenta como una certeza indudable. La percibimos de forma inmediata y cuesta mucho creer que no tenga ningún tipo de efecto sobre las acciones de nuestro cuerpo, pues tenemos la sensación de que es así y de que realizamos tales acciones de forma intencional y voluntaria.

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A esto hemos de sumar el hecho de que la neurociencia ha conseguido relacionar ciertas áreas del cerebro con ciertas experiencias conscientes como el reconocimiento de rostros, sin embargo, no ha conseguido explicar por qué la actividad cerebral da lugar a algo así como la conciencia.

¿Cómo alcanzar pues una teoría científica y naturalista que explique la mente de forma satisfactoria y sin recurrir a reduccionismos que nieguen lo que se nos presenta como una evidencia clara ni tener que acudir a elementos metafísicos como el alma o el espíritu? Este es, sin duda, uno de los innumerables retos a los que se ha de enfrentar quien confronta el objeto más enigmático de nuestro universo.

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