Todos somos muy conscientes de nuestra propia moral. Y de que nunca actuaríamos en contra de ella, salvo igual en casos extremos de vida o muerte. ¿Y si se tratase de obedecer a la autoridad? ¿Hasta qué punto serías capaz de obedecer en contra de tus principios? ¿Y qué sabe la Psicología Social sobre esto?

Son muchos los procesos grupales que la Psicología Social ha estudiado: el liderazgo, la influencia social, la toma de decisiones grupales… Y una de las más interesantes es la que hoy nos ocupa: la obediencia a la autoridad.

El tema de la obediencia a la autoridad empezó a ser estudiado por Stanley Milgram, un psicólogo norteamericano, profesor en la Universidad de Yale. Fue en esta universidad donde realizó el experimento con el que descubrió hasta qué punto somos capaces de actuar en contra de nuestra moralidad, bajo la influencia de una figura de autoridad.

¿En qué consistía este experimento?

A través de un anuncio en un periódico, se reclutó a un grupo de gente para participar en un experimento de la facultad de psicología de Yale que pretendía estudiar la memoria. Concretamente, el efecto que el castigo positivo (en este caso, una descarga eléctrica) podría tener sobre la memoria.

El experimento se realizaba con dos personas a las que se les asignaba el papel de alumno o de profesor. Además de por la supervisión del experimentador. El “profesor” debía leer una lista de palabras al “alumno”, quien tenía que memorizarlas y repetirlas posteriormente. Cada vez que el alumno cometía un error, el profesor le administraba una descarga eléctrica.

milgram sala

Las descargas debía administrarlas a través de un aparato en el que se indicaba tanto la intensidad de la descarga (de 15 a 450 voltios) y una descripción del efecto que producían: desde “choque ligero”, hasta “peligro: choque grave”.

Además, el participante que hacía el papel de profesor probaba una descarga de 45 voltios antes de comenzar la prueba. ¿Creéis que serían capaces de administrar descargas al alumno de la máxima potencia? ¿Serías tú capaz de hacerlo? ¿O te rebelarías contra el experimentador?

¿En qué consistía REALMENTE el experimento?

Pues, efectivamente, en el experimento no querían saber nada sobre la memoria, el castigo o el aprendizaje. El sujeto de estudio era el participante que hacía el papel de “profesor”. De hecho, tanto el experimentador como el alumno, eran dos actores que formaban parte de este experimento.

La finalidad era saber hasta qué punto el profesor sería capaz de administrar las descargas al otro participante. Esto, a pesar de estar escuchando sus quejas, lamentos y gritos de auxilio. A pesar de no recibir ninguna orden del experimentador, ya que éste solo recordaba el “compromiso” con la frase “por favor, continúe”. Y a pesar de ser un acto contra la moral del participante.

milgram grito alumno

¿Te atreverías a apostar por los resultados que se obtuvieron? Muchos profesionales fueron preguntados por Milgram antes de realizar este experimento. Pero ni psiquiatras, ni profesores universitarios, ni trabajadores ni estudiantes, pudieron si quiera acercarse a los datos que Milgram obtuvo.

¿Qué resultados mostró el experimento?

El resultado más concluyente fue el de que la obediencia a la autoridad es un efecto universal. Es decir, que la mayoría de las personas obedecieron al experimentador y que, hasta un 62% de los participantes llegaron a administrar la descarga de máxima potencia al alumno.

Tras encontrar estos resultados, Milgram se propuso analizar qué factores intervenían en que la obediencia fuese mayor o menor. Y esto son algunos datos que encontró:

  • Si dejaban elegir el nivel de descarga al “profesor”, la mayoría de las personas daban descargas por debajo de los 150 voltios (donde las quejas del alumno empezaban a ser mayores) y muy pocos llegaron a emitir descargas máximas.
  • Si los profesores sentían proximidad emocional hacia el alumno (por ejemplo, porque les recordase a alguien) o se encontraban próximos físicamente (por ejemplo, si el alumno tocaba al profesor), la obediencia era menor.
  • Cuando había más de un experimentador en la sala, la obediencia aumentaba. Sin embargo, este aumento era cada vez menor según aumentaba el número de experimentadores.
  • Si la autoridad (el experimentador) daba las “órdenes” por teléfono, la obediencia también disminuía.
  • Si el profesor contaba con “aliados”, el nivel de obediencia cambiaba. Cuando tenían al lado una persona de su mismo estatus que les animaba a desobedecer y a acabar con el experimento, un 10% llegaron a administrar descargas máximas. Cuando esa persona les animaba a continuar, el 92% de las personas llegaron hasta el final del experimento, administrando al alumno la descarga de máxima potencia.

Y pensarás…”Pero, seguro que todos los participantes eran unos sádicos”. ¡ERROR!

El experimento se realizó con estudiantes, con gente trabajadora, de todas las edades, se replicó el experimento en múltiples países y los resultados fueron similares e incluso mayores. Todos los participantes eran sanos.

Y todos los participantes sabían que estaban haciendo daño a otra persona, que eso iba en contra de sus principios morales, y que estaban actuando mal. Sin embargo, obedecían.

Milgram maquina

Por supuesto, no terminaban el experimento felices y contentos. Acababan de hacer algo en contra de sus principios y eso no es fácil de digerir. Por ello, la mayoría de las personas daban explicaciones como: “lo he hecho por la ciencia”, “he intentado ser bueno porque he administrado la descarga el menor tiempo posible”… Esto se acompañaba de una falta de responsabilidad sobre sus propios actos, ya que algunos consideraban que la administración de descargas no dependía de ellos (sino de los experimentadores).

Esto nos recuerda a múltiples casos en los que se han cometido actos inmorales y los culpables han echado mano al “lo hice en cumplimiento de mi deber”. Uno muy sonado (y comentado por el propio Milgram) fue el de Hanna Arendt, que defendió al funcionario nazi Adolf Eichmann (encargado de deportar a los campos de exterminio a los judíos) diciendo que él solo se limitaba a cumplir su trabajo.

Como vemos, no es tan fácil saber cuándo deberíamos romper con las órdenes de una autoridad, como realmente llegar a realizar ese acto de desobediencia. Experimentos como el de Milgram nos ayudan a ver que quizás muchas veces juzgamos a las personas demasiado pronto, sin tener en cuenta qué factores pueden estar influyendo en que se comporte de una u otra manera.

Y después de leer esto, ¿cómo me responderías a la pregunta con la que comenzábamos?

¿Hasta qué punto serías capaz de obedecer en contra de tus principios?

 

Si quieres más información sobre cómo se llevó a cabo el experimento, te recomiendo que revises:

Stanley Milgram, « Los peligros de la obediencia », Polis [En línea], 11 | 2005. URL: http://polis.revues.org/5923