Cuando pensamos en agresividad no es raro que nos vengan a la mente imágenes relacionadas con peleas, gritos, la cara de tu jefe o la del vecino que arrastra muebles a las 3 de la madrugada. ¿De donde viene toda esa ira? La psicología ha estudiado todos los procesos que se ponen en marcha en una respuesta de agresión y ha dado con la clave para que aprendamos a controlarla.

Como ya pudimos comprobar en la anterior entrada de este blog “las emociones en Del Revés“, la agresividad o la ira tiene sus funciones a pesar de ser una emoción que experimentamos como desagradable.

La ira surge ante una situación amenazante para nosotros. Pero no solo en aquellas en las que podemos sufrir un gran daño físico o en las que estemos en peligro de muerte. Por una situación amenazante también vamos a considerar aquellas ocasiones en las que no somos capaces de controlar una situación, o aquellas en las que no hemos logrado nuestros objetivos.

¿Y por qué existe la agresividad? ¿Cómo aparece? Son muchas las teorías que se han desarrollado para explicar este tipo de conductas:

  • La etología, encargada del estudio del comportamiento animal, defiende que la agresividad es un instinto necesario para la supervivencia de una especie. Gracias a la agresividad podemos defender a nuestras crías, podemos conquistar a nuestras hembras o marcar nuestra superioridad ante el resto de machos que nos rodean. Una teoría muy bonita en defensa de la agresividad, pero ¿hasta qué punto se puede aplicar en humanos?
  • El psicoanálisis, con Freud a la cabeza, explica también la agresividad como un instinto de los seres humanos. Sería un instinto que responde a lo que ellos denominan “pulsión de muerte” o Thánatos, un impulso que tenemos todos los seres humanos hacia la autodestrucción. Pero el psicoanálisis también da una solución, “la catarsis por vías socialmente aceptadas”. Es decir, que podemos transformar o liberar esa agresividad de formas mejor vistas, como son los juegos de competición.
  • La Teoría de la Frustración-Agresión es una de las más conocidas y aceptadas. Esta hipótesis explica que la frustración es algo que precede a la agresión. Sin embargo, matizan que no siempre que estemos frustrados, se vaya a dar una respuesta de agresividad (aunque será la respuesta más probable).
  • Después de revisar esta última teoría, hubo un grupo de autores que quiso añadirle algún que otro elemento para poder explicar mejor esto de la agresividad. La Teoría de la Señal- Activación defiende que sí, hay frustración antes, y que sí, puede haber una respuesta de agresividad, pero entre medias pasan cosas. La frustración lo que produce es un aumento de la activación emocional, lo que conocemos como ira. Y esta ira es la que nos dispone para la agresión. Pero la agresión no se da siempre, sino que dependerá de si hay o no señales “agresivas” a nuestro alrededor. Es decir, que según el contexto, se producirá la conducta agresiva o no.

AGRESIVIDAD TEORÍA

  • Otros autores del conductismo, hablan de la agresividad como una respuesta que hemos aprendido para conseguir nuestras metas. Es decir, agredimos porque nos es útil para conseguir aquello que queremos. Y autores como Bandura lo matizan, diciendo que el aprendizaje es observacional. Por tanto, aprenderíamos las conductas agresivas por ver a otras personas comportarse de forma agresiva (después las imitaríamos) y las pondríamos en práctica por haber visto que esas personas han conseguido algo al realizarlas.

¿Y qué podemos hacer para evitar estas respuestas agresivas? Aprender a controlarlas.

Una fácil solución es tomar conciencia de todas esas situaciones que nos enfadan, que nos producen esa ira que se convertirá en agresión, y evitarlas. El problema de esta solución es que no es una solución. No estamos solucionando nada, solo evitando, por lo que no aprenderemos nunca a afrontar este tipo de situaciones.

Otra solución es hacer un trabajo de concienciación. En primer lugar, aceptar que la ira es una emoción necesaria, que tiene su valor en nuestra vida y que sin ella estaríamos perdidos. Pero una cosa es aceptar la ira y otra cosa es saber que la agresividad no nos lleva a ninguna parte. No podemos hacer que los demás cambien su forma de ver las cosas o de actuar, no podemos hacer que las cosas salgan tal y como deseamos el 100% de las veces, y menos aun a través de la agresividad. Responder de esa forma seguramente empeore la situación y solo sirva para hacernos sentir aun peor.

También podemos destruir toda esa activación que se va acumulando y que nos acaba llevando hasta la ira. Una forma de destruir esa energía es liberándola a través, por ejemplo, de algún deporte, saliendo a correr cuando te sientas enfadado y te apetezca romper algo o ponerte a dar puñetazos a un saco de boxeo (o a un cojín) en lugar de ponerte a gritar a otra persona.

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La otra vía para destruir la energía almacenada es a través de técnicas de relajación. Sí, esas cosas en las que insisten tantos psicólogos. Y sí, debemos practicar y aprender estas técnicas en situaciones “normales” para después poder aplicarlas en situaciones en las que realmente las necesitamos. Porque si te pones a aprenderlas o a aplicarlas solo cuando estás a punto de explotar, efectivamente pensarás que “eso no vale para nada” o que “eso a mi no me funciona, me pone más nervioso”.

 

Así que si eres una persona a la que le cuesta controlar la agresividad, ¡enhorabuena! Ya tienes por donde empezar para aprender a tomar el control de tus emociones. Y si no se te da mal del todo, ¡siempre se puede seguir mejorando!

 

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